
Santo Domingo.- La inteligencia emocional es esa capacidad que tenemos (o deberíamos tener) todos, para reconocer los sentimientos ajenos y manejarlos.
Depende en gran medida de la disposición y de practicar una cualidad que todos desean, pero de la que algunos insisten en alejarse: la simpatía, bien definida, es el modo de ser y carácter de una persona que la hace agradable a las demás o como la capacidad de percibir una situación de manera similar a la persona involucrada y preocuparse.
Lo escuchamos por todas partes: “ella (o él) es una persona simpática”. Pareciera que todos queremos ser definidos con esta palabra, pero no es así. Por alguna razón algunos que prefieren la antipatía, que según la psicóloga escolar María Díaz, es un estilo de relacionarse, “obviamente aprendido”.
Antipatía
Nadie nace antipático. Todos contamos con las herramientas para desenvolvernos en sociedad con armonía, pero según la especialista hay quienes adoptan este tipo de relacionamiento de forma negativa, lo que trae consecuencias en la vida social.
Díaz informa que “la forma de expresar esta cualidad es en algunos casos verbal, pero casi siempre es no verbal a través de gestos básicamente faciales”.
En los antipáticos la cortesía básica es precaria cuando no ausente y suelen actuar como si causar temor o mantener distancia de otros le permitiera tenerlos “en su sitio”, conseguir respeto. Olvidan que se condenan a la soledad.
La antipatía entorpece las buenas relaciones humanas
Cuando se habla de antipatía surge una cuestión: ¿se siente un antipático feliz y cómodo siéndolo? ¿Es esta cualidad algo que se padece o una elección consciente? “En cierta forma es ambas cosas, porque la antipatía, como los valores en general, se aprenden en un proceso lento e inconsciente, es decir, uno no escoge al inicio de la vida ser antipático, sino que esta forma de relacionarse se va reforzando por eventos de la vida de la persona”, dice María Díaz, psicóloga escolar.
Observando cómo se relacionan sus padres, parientes y amigos cercanos, el individuo comienza a hacer su propio esquema de socialización, pero también puede influir en su comportamiento antipático el haber sufrido en carne propia maltrato o violencia de algún tipo.
Ahora bien, “con el surgimiento de las teorías conductista se soslayaron los factores innatos en pro del efecto del medio ambiente, pero los niños nacen con ciertas predisposiciones”, dice Díaz.
Simpatía de nacimiento
La psicóloga establece que un niño afable y risueño va a provocar en las personas cercanas a él respuestas positivas, de las cuáles va aprendiendo a relacionarse positivamente con los demás, en cambio niños que nacen con una predisposición difícil, es decir, que son llorones e incómodos promueven en su ambiente respuestas diferentes aunque no se manifiesten de forma verbal.
Ahora, “definitivamente la conducta de los adultos es diferenciada en uno y otro caso”, dice Díaz.
Amén de la personalidad que traemos de nacimiento, mostrar antipatía afecta nuestra vida social. Una persona que mantiene una conducta antipática puede indicar dos cosas: es posible que se sienta mal siendo así y que desconozca cómo iniciar un proceso contrario, o en cambio puede estar obteniendo algún tipo de ganancias siendo de esta forma.
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